Te sudan las manos, tu cuerpo se estremece. Tu mirada cambia y tu estomago
cobra vida propia. Sientes el cosquilleo, la emoción, las ganas. Ya no eres
dueña de tu cuerpo, tu sonrisa actúa por sí sola. La adrenalina que sientes al
verlo corre por todo tu cuerpo sin que tenga escapatoria, sin una vía de
escape. Tu corazón se acelera cuando se acerca a ti. Tu pulso se vuelve
irregular y piensas en esa sensación. En este preciso momento donde eres feliz.
Donde no necesitas nada más. Donde la realidad de cada día no existe. El
momento en el que solo puedes pensar en sus ojos, en su mirada penetrante que
te observa. En su sonrisa que cada vez se hace más presente cuando esta a tu
lado. En sus manos que, inocentemente, te acarician la espalda. Y en las ganas
que sientes de permanecer a su lado. En un mundo construido por vosotros y para
vosotros. Vuestra propia burbuja en la que no existe el odio, el enfado, la
envidia, la lucha diaria que mantienes contigo misma cuando te ves en el
espejo. Solo lo ves a él, a su sonrisa que ha conseguido enamorarte y a las
ganas de vivir, de ser feliz a su lado y de creer solo por un instante que
tenéis un futuro. Que él no juega contigo, que no te busca con maldad, que no
quiere hacerte daño, que no es tu cabeza la que inventa los momentos de cariño,
que no eres especial para él. Solo quieres dejarte llevar y perderte en el tiempo
a su lado. Que esa sensación que te produce no acabe nunca y que cuando el tren
llegue, y os separéis. Cuando el este al otro lado del andén, te buscará, se
acordará de que eres tú, de que tu eres la dueña de su sonrisa y que no fue
todo una vana ilusión que una vez os separó a ambos en cada lado del andén.
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