Reflexionar, cambiar, darte cuenta que el mundo ya no es como lo veías de
pequeña. Que los edificios que antes veías sin fin y se confundían con el cielo
ahora son los tesoros que dejo el pasado para recordarte que la vida es efímera
pero que lo que construyes, tu legado, es inmortal. El paso del tiempo es
inevitable, el cambio de perspectiva, la madurez que te otorgan las
experiencias que vas acumulando a lo largo de tu vida, los sueños que un día
sin darte cuenta cayeron en saco roto y todas las ilusiones que un día pusiste
en juego se borraron, desaparecieron sin que tu pudieras hacer nada. Dejaste de
imaginar, de soñar. Te convertiste en lo que se esperaba de ti, en la
convención social hecha persona. Dejaste que todo se esfumará y se quedara en
el pasado como esos edificios que ahora recuerdan tiempos pasados y cuentan la
historia de esta ciudad, de sus gentes y su tiempo.
Dejaste de ser niña, dejaste que la inocencia se convirtiese en dureza. La
fragilidad termino por romperse y dio paso a la incertidumbre y a vivir en el
miedo. Se convirtió en inestabilidad. Cambiaron tus ideales, tus prejuicios,
tus ganas de creer que el mundo puede cambiarse sin que el te robe algo de ti.
Pero no es así. Te diste cuenta que cuando das algo también te roban un
pedacito de ti. Que tu tiempo, invertido en personas que te han decepcionado,
no va a volver. Lo arriesgaste y lo perdiste. Así fue como te diste cuenta de
que cuanto más das, más te roban y que con los pedacitos que pudiste recoger
quedaste tu. Ni la mitad de lo que eras, pero lo suficiente para poder
recomponerte y poder sacar las fuerzas para volver a luchar. Porque, que ibas a
hacer, rendirte? No puedes. Es una lucha. Una lucha que depende de ti y únicamente
de ti. Si te rindes, que quedará de ti? Quien luchará por ti?
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